Ya pasé de las ocho décadas y en siete de ellas he sembrado, cultivado y
cosechado. En dos, he enseñado. Tanto en la agricultura como en la educación,
he aprendido que la vida se trata de procesos. La semilla no se deposita en la tierra hoy
para recoger el fruto mañana. El que suceda requiere tiempo, pero más que nada, de una generosa dosis de: fe, esperanza,
paciencia, cuido y disciplina.
Al final del camino, recibimos la satisfacción de recoger el fruto y
disfrutarlo. De la tierra, a la planta y
de ella, cuando la consumimos, a ser parte de nuestro cuerpo.
Sin embargo, no todas las siembras responden al mismo ritmo.
Hay cultivos, como la lechuga, que completan
su ciclo en apenas tres meses; mientras que otros, como la china, demandan tres
años para ofrecer su primera cosecha, y lo puede seguir haciendo hasta treinta o más años después.
Algo muy similar ocurre cuando educamos.
En la formación de una mente,
se siembra y son necesarias las mismas disposiciones y consideraciones para
alcanzar resultados idénticos: la transformación en la manera de pensar de un
ser.
Siento que también he sembrado en mi país. Comencé escribiendo y publicando desde la
escuela superior y no he dejado de hacerlo.
A través de una diversidad de temas, he intentado exaltar esos valores
que deberíamos cultivar para que, entre todos, logremos ese Puerto Rico al cual
todos aspiramos. Donde he visto abusos e
injusticias, las he señalado, recabando la necesidad de que todos seamos parte
de las soluciones.