En el vaivén dentro del cual los puertorriqueños venimos desempeñándo nuestras vidas colectivas, hemos pasado este año encontrándonos bajo la sombra de una señora gobernadora y de un señor presidente. Y no es que estemos a favor o en contra de ellos, porque independientemente de que se trate de apoyarlos o censurarlos, nos hemos colocado bajo su zona de dominio.
¡Nos absorben!
Elaboramos argumentos; unos como fanáticos defensores y otros, como acérrimos críticos. Invertimos una buena parte de nuestra energía vital en ello. ¿Cuál es el efecto? En términos de lo que hacen o dejan de hacer… ninguno. Es como si viviésemos en una especie de catarsis continua, expulsando de nuestro sistema las emociones ‘positivas o negativas’ que ellos provocan con sus actos.
Los medios han convertido este espectáculo en nuestra comidilla diaria. Salir de esa zona de reacciones, que luego elaboramos y manifestamos como ‘razones lógicas’ no es cosa fácil, especialmente cuando atemperamos sus efectos nocivos enajenándonos, entre otras cosas; con festivales, espectáculos, fiestas y chinchorreo.


